El Estadio Azteca cumple 56 años; Loco Martínez recordó su primer gol en el coloso

JOSÉ ÁNGEL RUEDA

Foto: Hemeroteca, Fototeca, Biblioteca Mario Vazquez Raña

A pesar de que el nombre de Arlindo dos Santos quedó grabado en la memoria como el primer futbolista en anotar un gol en el estadio Azteca, aquella noche del 29 de mayo de 1966 una especie de decepción invadió las tribunas del inmueble recién inaugurado, y es que ningún mexicano había podido perforar la red durante el encuentro entre América y Torino. El honor, sin embargo, habría de llegar más pronto de lo esperado, apenas una semana después, cuando los Electricistas de Necaxa recibieron al Valencia.

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Esa tarde del 5 de junio de 1966 cambiaría para siempre la vida de Roberto “El loco” Martínez. Fue en una jugada acomodada por el destino, en un balón que pasó de largo y encontró su cabeza, algo poco común en un extremo derecho. El nacido en Guanajuato gritaba “Fui yo, fui yo”, ante el estruendo de los espectadores. «El 29 de mayo jugó América vs Torino, pero el domingo siguiente, que fue 5 de junio, jugó Necaxa vs Valencia, donde anoté el gol, se lo metí a Pesudo, de cabeza, no era mi fuerte, yo era extremo derecho. Fue un centro por el lado izquierdo, que mandó Peniche, y yo rematé con la cabeza”, rememora el “Loco” en plática con el ESTO, como quien ha repasado la jugada en la memoria una infinidad de veces.

“Quedó para la historia, he tenido la suerte de que me han entrevistado muchas veces, me da gusto que se acuerde la gente, porque muchos ya no lo recuerdan, tengo 85 años, en la juventud de hoy en día ya nadie sabe”, dice.

Aunque en ese momento nadie imaginaba los alcances históricos de un estadio que años más tarde sería considerado como una catedral del futbol mundial, ya se sabía de su grandeza. “Fue para mí una satisfacción muy grande, en un estadio tan hermoso, y de los más bonitos del mundo, esa oportunidad que tuve de hacerlo, gracias a Dios, porque para mí fue un gusto y una alegría, porque puedo pensar que pasé a la historia del futbol”, confiesa.

Por aquellos días el fenómeno del primer mexicano en anotar en el Azteca era un tema de conversación. Días antes del partido se había acordado entregarle un trofeo al autor del gol. La ceremonia se llevó a cabo en el Cine Orfeón, durante el estreno de la película Caña Brava.

“Nunca recibí nada por parte de la Federación, y los que me hicieron un gran homenaje y me entregaron un trofeo, fueron María Antonieta Pons y Emilio Tuero, ahí en el cine Orfeón. Acaba de morir mi amigo Javier Solís, quien era el que me lo iba a dar. El cine se llenó, estaba a reventar”, dice el “Loco”, quien a partir de entonces también fue conocido como el “Caña Brava”.

Más allá del revuelo que generó su gol, en el estadio Azteca no queda ningún registro. “Quitaron una placa, no sé porqué. He sentido a veces hasta un poco de resentimiento porque le dan preferencia al extranjero por encima del mexicano, me he dado cuenta de eso”.

Del gol más importante de su carrera solo quedan los recuerdos. Hace algunos años don Roberto Martínez se vio obligado a vender la playera con la que escribió la historia. “Hace como unos cinco años me dieron 20 mil pesos por ella, se la vendió a un amigo que es coleccionista, ya no lo he vuelto a ver, tengo otras dos playeras, pero esas ya no las voy a vender. La vendí por la necesidad, me la pagaron bien, en su momento me ayudó económicamente”.

A sus 85 años, sus tiempos de futbolista se le agolpan en la memoria. Jugaba de todas las posiciones, aunque lo suyo, motivado por el arte de Pelé, era el ataque. Incluso, en 1961, pudo enfrentar al Rey, en la histórica victoria 4-3 del Necaxa sobre el Santos. Lo del “Loco” era más bien cosa de su personalidad.

“Me decían Loco por mi carácter, era muy explosivo, todo lo arreglaba a golpes, en los entrenamientos, una vez hubo una bronca muy grande, fue en 1969 allá en Guadalajara, donde me dieron una madriza todos, hasta cambié de cara. Me golpearon porque les menté la madre en la banca, me corretearon todos y me alcanzaron en el túnel”, recuerda.

“Antes sentíamos más la camiseta, podías hablar mal del equipo, nos poníamos en la madre, por eso de ahí, uno de los jugadores dijo no te metas con Roberto, porque se aloca, de ahí empezó lo del loco, como era del barrio de Santa Julia, por eso era muy bravero, muy broncudo, nunca me dejé de nadie”.

Una vez que terminó su carrera como futbolista, don Roberto dedicó sus años al baile y a ver futbol, ese deporte que le fue algo parecido a un sueño. “Toda mi carrera me porté muy bien, no tomé, nada de nada, me retiré a los 35 años y desde ahí hasta ahorita no me paran, me encanta el baile, me voy a una cantina en Naucalpan, antes me iba al centro, en los salones de San Cosme”.

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